Esta mañana, mientras estaba planificándome el día, ese momento que disfruto como pocos porque me da la sensación de que puedo controlar y dominar mi tiempo, me ha llegado un correo de un cliente y de inmediato me ha roto ese momento de dulce serenidad, de paz interior.
De inmediato me he preguntado qué tenía ese correo para que en una línea me haya hecho sentir tan mal de golpe y la respuesta ha sido clara: el reproche. Una de las razones por las que a menudo el trabajo es tan amargo es porque con demasiada frecuencia consiste en la gestión prácticamente constante del reproche.
Y a veces tanto el que reprocha como el depositario del reproche pierden de vista que se tratan de circunstancias de trabajo y que las personas no deberían ser objeto de reproche.
Yo no soy una falta de entrega.
Yo no soy una reclamación sin responder.
Yo no soy una factura impagada.
Yo no soy un cuestionario por rellenar.
Sin embargo, he vuelto a leer el correo de marras y tampoco se puede decir que haya un ataque o un reproche explícito a la persona. Pero sí que me ha llamado la atención la falta de buenas formas.
Primero, no se llama a la persona a la que se escribe por su nombre (“Buenas tardes”).
Segundo, se le olvida añadir ese “por favor” tan ausente en este país al terminar una solicitud o incluso una reclamación.
Y, tercero, también se le olvida añadir ese “gracias”, también tan difícil de encontrar en nuestras relaciones diarias.
Quizá yo tenga que rebajar tanta hipersensibilidad, porque que no me hace ningún bien. Como a menudo dice Rafael Santandreu: ¿por qué el mundo se tiene que acomodar a tus deseos? ¿Quién dijo que las personas tienen que comportarse como a ti te venga bien?
Está bien ser educado y ser agradecido. Y está bien inculcarles esas cualidades a los hijos. Pero también debería recordar que si yo no soy una falta de entrega esas personas no “son” unas maleducadas. Simplemente no les han cultivado el hábito de cuidar las formas y el lenguaje.
Así que, como se dice, odia el pecado pero ama al pecador.
No conozco mejor forma de estar en paz con uno mismo y, al mismo tiempo, también en paz con el entorno que te rodea.

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