Confieso que soy uno de esos tipos raros que dicen que el año comienza en septiembre. Las vacaciones de verano cumplen con su función de limpiar y reparar para poder reflexionar sobre lo importante con menos ruido y, por lo tanto, con más foco.

Esos paseos por la playa deberían prescribirlos los médicos. Y si además tenemos la suerte de poder acompañarlos con alguien de confianza, alguien que nos conozca bien —y nos quiera mejor— el efecto regenerador se multiplica de forma exponencial porque la conversación sirve para ponerte en un espejo frente al que no caben escondites.  

Y a partir de ahí, reconectar con uno mismo. Reconectar con lo que uno es y redirigir los pasos hacia donde nos queremos dirigir. Propósito lo llaman.

Este verano, Underito me ha ocupado la mente durante varios kilómetros de costa. Y eso llena de energía. Siento que vamos por el camino correcto, porque las decisiones que vamos tomando siempre van en la dirección de seguir creciendo.

Obviamente, no se puede esperar un crecimiento lineal. Lo que sí que debe ser lineal es la voluntad de mejora. Tomar el error no como una pared que nos hace retroceder, sino como un peldaño sobre el que seguir escalando.

Así que llegamos a este “año nuevo” pletóricos de energía, con el método bien afinado y la actitud mental del que sabe aceptar las caídas.
Porque justo de eso va este método: de entender la paradoja de que perderemos más veces de las que ganamos, pero aún así ganaremos más de lo que perdemos.  

Y ahí radica la diferencia entre vivir atrapado en la incertidumbre o avanzar con propósito hacia ser un verdadero ganador.

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