Hace unos días, en una formación online, el instructor dijo lo siguiente: 
“Lamentablemente, en inglés solo hay unas 8.000 palabras para describir emociones. Una persona media experimenta alrededor de 48.000 emociones al día

Wau. 

Hay frases que te atraviesan y se quedan dando vueltas. Esta fue una de ellas. ¿Cómo puede ser? No sé si serán tantas emociones, probablemente no, pero da igual: serán muchas. Y no me extraña. Intuyo que no son emociones “básicas”, sino combinaciones de varias, igual que ocurre con los colores. No hay millones de colores primarios, pero sí millones de tonos. 

De ahí salté a otra frase que escuché hace ya muchos años, en la universidad, de boca de un profesor de Filosofía del Lenguaje: 
“Aquello que no tiene nombre no existe”. 

Tal cual. 

Muchas veces vivimos dándole la espalda a lo que sentimos. Unos más que otros, claro. También hay quien quiere entenderse y no puede, o no sabe cómo hacerlo. Y entonces me pregunto: ¿cómo vamos a entendernos si ni siquiera somos capaces de ponerle nombre a lo que nos pasa —o a lo que nos podría pasar—? 

En esto, los japoneses nos sacan ventaja. Su arquitectura lingüística les permite capturar matices con facilidad: unen conceptos básicos, visualizan ideas y las nombran. No conozco muchos japoneses, pero no me sorprendería que se entendieran mejor a sí mismos. 

En esta parte del mundo, vivimos las emociones como quien conduce con niebla. Sabes que algo ocurre, pero no sabes exactamente qué. Avanzamos con miedo y, cuando toca reaccionar, vamos tarde… y mal. 

Al final, no gestionamos emociones. Gestionamos narrativas mal hechas sobre emociones mal nombradas. 

Quizá la clave esté en entrenar la mirada emocional para aprender a nombrar mejor lo que sentimos. 
Quién sabe, igual hasta acabamos inventando una lengua nueva. 

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