En la serie “reflexiones de Jorge Bucay con su hijo”, hoy me quedo con otro concepto sobre el cual han disertado: el de la autoestima. De nuevo empezaban por definir lo que no es: “autoestima no es creerse el más grande, el que todo lo puede hacer, etc. Autoestima es cuando, de la misma manera que le sugerimos a nuestro hijo pequeño que se ha equivocado y le muestras un camino probablemente mejor, lo hacemos, pero con nosotros mismos”.
Es decir, que, según esta aproximación, antes de la autoestima debe venir la lucidez necesaria para ver que nos estamos equivocando. Luego, la valentía para reconocer el error y, por último, la determinación de tomar cartas en el asunto y corregir lo que toque.
Y aquí enlazamos con la otra fuente de conocimiento en la que estoy inmerso ahora: El poder de las palabras, de Mariano Sigman. Pongamos por caso que he tenido la lucidez necesaria para ver el error y de reconocerlo. Pero, ¿cómo me dirijo a mí mismo? Pongamos el caso del tenis, con las pulsaciones a 130 por minuto. “¡Animal!” “¡Me cago en tu p… madre!” “¡Tus muertos!” Es de feo a patético. Y siguiendo con lo de arriba, dice muy poco de la calidad de mi autoestima.
“Tenemos que aprender a tratarnos bien”
No sé a quién le oí la frase por primera vez pero últimamente me voy chocando con ella a cada momento. Además, es de sentido común. Trátate bien. Y, de paso, trata bien a los demás.
Porque la autoestima no se genera a partir de recibir halagos o validación de según quién. La autoestima la construimos nosotros en función de la forma en que nos hablamos cuando nadie nos escucha.

One response
Genia! Saludos 🙌