Ayer, mientras veía ‘Página 2’ escuchaba un poema de Aixa de la Cruz en el que venía a decir ―o quizá repetir― aquello de “si lo tengo todo, ¿por qué no soy feliz?”
Yo creo que deberíamos empezar por una reeducación de las expectativas, lo cual, probablemente, incluya una redefinición de la felicidad. Creo que el cine en general y Hollywood en particular han hecho mucho daño en este sentido. Nos han pintado el mundo de rosa y nosotros, el rebaño comodón, lo hemos comprado. Y es que no es así. De hecho, el mundo está lejos de ser rosa.
He aquí una pregunta interesante para divagar un poco: para ti, unas cosas con otras, ¿de qué color es la vida, así en general?
Quizá no deberíamos responder antes de los 70, pero bueno, ya que estoy, mojo. Para mí sería algo así:
LA VIDA
Ese color pretende sintetizar la tragedia (la sangre), pero también la belleza (el atardecer). Es un color que está tan cerca del rojo pasión como del marrón mierda, componentes básicos de la vida.
Pero también se me ocurre que la vida no tiene un color fijo, sino que somos nosotros los que la coloreamos según nos va la película. En realidad, las cosas pasan. Punto.
El adjetivo se lo ponemos nosotros. Y ahí regresamos al argumento del que partía: son las expectativas las que nos hacen colorear la vida con matices inventados por nosotros mismos.
Conviene frenar ese camión que hemos cargado de expectativas, que son las que al final nos hacen sentirnos infelices cuando no las colmamos.
Porque se puede ser ambicioso sin que el fracaso te destroce por dentro. La clave es seguir el rumbo que uno ha fijado de antemano pese a que el camino no sea recto. Porque la felicidad no está en que suceda aquello que queremos, sino en cómo decidimos colorear lo que ya tenemos.

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