Confieso que me quedé un poco en shock cuando leí De animales a dioses, de Yuval Noah Harari, una obra que plantea una manera muy diferente de interpretar los acontecimientos más relevantes de la Historia de la Humanidad. Nada menos.
Con una mirada profundamente crítica hacia el ser humano —el sapiens, como él le llama (nos llama)—, pasa revista cada avance con una pregunta implícita permanente.
¿Esto mejoró en algo la vida de los humanos?
La respuesta, casi siempre, es negativa.
Por otra parte, hace una reflexión sobre el mal uso del poder que los dirigentes han hecho a lo largo de los siglos. Esa constante, unida al vértigo del progreso científico —que avanza más rápido de lo que alcanzamos a integrar—, deja una visión poco optimista del futuro.
De ahí que termine el libro lanzando una pregunta al aire que va un paso más de aquel “qué queremos ser” y que es un desconcertante “qué queremos desear”.
Nunca me había planteado que podemos elegir qué desear. Pero está bien darle una vuelta. Lo “normal” es dejarnos arrastrar por nuestros deseos pero a menudo nuestros propios deseos juegan en nuestra contra.
“Cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que se cumpla”, nos advertía Esopo hace ya unos miles de años. Porque a menudo confundimos deseo con capricho.
Hasta para desear debemos tener cierto rigor. El deseo es el motor que va a arrancar el vehículo que nos va a llevar hacia la persona que queremos ser —en lo personal— y hacia la sociedad que queremos moldear —en lo colectivo—. Quizá ahí esté la clave: no se trata solo de vivir conforme a lo que deseamos, sino de aprender primero a desear bien.

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