Seamos sinceros: es imposible eliminar el miedo por completo. Y además de imposible, también es poco conveniente.

Una vez que asumes esto, ya has hecho lo más importante: aceptarlo. Lo siguiente es ponerle límites y mantenerlo a raya.

Esto es como cuando la suegra vive en casa: se la acepta, incluso se le puede llegar a apreciar. Pero no manda.

Si esto es un viaje, tenemos que asumir que el miedo se monta en el coche con nosotros. Cuando mis padres eran jóvenes y decidían hacer un viajecito, mi abuela se plantaba en medio y decía “¡qué bien! ¿adónde vamos?” Mis padres se miraban con cara de circunstancias pero no había cuestión: la suegra también iba.

Pues con el miedo, igual, qué le vamos a hacer. Otra cosa muy diferente es que le dejemos sentarse en el asiento del conductor. No, miedo, eso no. Si vienes, te sientas allí detrás. Y calladito.

En la historia que te acabo de contar hay un matiz importante. Mi abuela no tenía la menor intención de decidir el destino, bien por ella. De la misma manera, que no se le ocurra a nuestro miedo decidir ni el destino ni el camino.

A mí esta historia siempre me ha hecho mucha gracia porque me chocaba con la imagen que tenía de ella, siempre tan prudente. Y, al parecer, también era así en el viaje: no se la oía respirar. Porque todos hemos oído alguna historia de la suegra que manda más que Napoleón Bonaparte. ¿Te imaginas un viaje de 5 horas en coche con la suegra dando grititos cada vez que vas a adelantar a un camión?

Otra cosa es que lo vayas a adelantar en medio de una curva. Entonces, ya no saltaría solo la abuela: saltaría la mujer. Y eso son palabras mayores. Por eso digo que un puntito de miedo es recomendable.

Hemos de ser conscientes de que cuando implementamos un sistema de riesgo, el miedo siempre va a estar ahí. Eso lo tenemos asumir. Lo peor es que va a asomar la cabecita especialmente en las malas rachas.

Imagina que llevas setenta apuestas con el método que has seleccionado. Sabes que estadísticamente necesitas al menos quinientas para poder sacar conclusiones serias sobre un sistema. Pero también sabes que todavía te quedan cuatrocientas treinta para llegar hasta ahí.

Durante esas cuatrocientas treinta apuestas el miedo seguirá apareciendo de vez en cuando con la misma pregunta: ¿y si el sistema está mal?

La tentación natural es revisar todo, cambiar variables, ajustar el método o abandonarlo antes de tiempo. Pero si trabajas con probabilidades sabes que esa reacción es un error.

Porque cuando la muestra todavía es pequeña, muchas veces no es el sistema lo que está fallando. Es simplemente la varianza haciendo su trabajo.

En esos momentos el miedo está ahí. No desaparece. Pero tampoco debe decidir.

Lo único que puedes hacer es recordarle algo bastante sencillo: que todavía no ha llegado el momento de sacar conclusiones.

Así que desde aquí propongo un kit básico para lidiar con el miedo:
Primero, conocerlo (mirarlo de frente y entender cómo funciona).
Segundo, asumirlo (imposible eliminarlo al 100%).
Tercero, mantenerlo a raya. Salvo hecatombe evidente, el miedo no tiene ni voz ni voto antes de los 500 picks.

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