El otro día leí un artículo de National Geographic que explicaba que los árboles se comunican entre sí mediante un lenguaje silencioso, discreto, imperceptible para el oído humano. Lo hacen a través de sus raíces. 

Aquello me transportó a una especie de película de ciencia ficción en la que los árboles fueran los verdaderos amos del mundo. Me divertía imaginar las “conversaciones” entre árboles centenarios comentando, con cierta ironía, la supuesta inteligencia de los humanos. 

Es un hecho conocido que sin árboles, sin plantas, los humanos no tardaríamos más de unos pocos meses en extinguirnos. También lo es su increíble longevidad. En la Sierra Nevada de California hay una secuoya con más de 3.600 años de vida. Ese árbol nació cuando la Antigua Grecia y Egipto eran todavía los ejes de la civilización. 

Pero volvamos a su forma de comunicarse. 
Esa comunicación, ¿parte de algo parecido al pensamiento? Sin tener ni idea del asunto, me inclino a pensar que no. Y esto conecta con una frase que me ha llamado la atención hoy y que hablaba de la inteligencia del corazón: una inteligencia que no necesita pensar. 

Qué felicidad. 
Ser inteligente sin necesidad de pensamiento. Solo por instinto. 

Como el árbol, que soporta todas las calamidades imaginables a lo largo de los años —y de los siglos— sin renunciar a su esencia: la de ser árbol. 

Quizá nosotros también seríamos más inteligentes si nos planteáramos la vida en esos términos. En el simple hecho de ser. 
Porque todo lo demás es ruido.

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2 Responses

  1. Hola, sabes que?
    Con 20 años no estaba de acuerdo
    Con 40 me lo pensaba
    Y con 60 estoy completamente de acuerdo con esta reflexión.
    Un saludo a todos y por cierto muy bonita.

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