Venía escuchando en el coche un diálogo entre Jorge Bucay y su hijo y en un momento el asunto fue a parar a la siguiente tesitura: ¿qué es lo que los padres desean para sus hijos?

La respuesta común, compartida generalmente en todo el planeta, es “que sean felices”.

Pero claro, eso es muy relativo.

Primero, porque antes habría que definir qué es la felicidad, porque ni los expertos en el asunto se ponen de acuerdo. Y segundo, porque las condiciones que para mí pueden ser suficientes para considerar que tengo una vida feliz pueden ser absolutamente insuficientes para mi vecino, para mi padre o para mi mujer (que espero que no, por cierto).

¿Habría que reconsiderar o matizar el deseo a algo así como “que sean felices… y que yo sea capaz de aceptar ese tipo de felicidad”?

Porque está muy bien eso de la felicidad de los hijos pero creo que sería hipócrita decir que aceptaríamos su felicidad a costa de la nuestra o a pesar de la nuestra.

Vale que hay cientos de padres y madres que lo sacrifican todo para que el bienestar de los demás. Pero tampoco me parece sano para ellas ni me termino de creer que así sean plenamente felices.

Igual sería bueno rebajar las expectativas, más o menos de la misma forma que lo proponía para nosotros mismos unas entradas más arriba.

Más que desear que sean felices (¿a dónde vas, Barrabás?), quizás tendríamos que desear que sean autosuficientes, que tengan recursos para poder enfrentarse a los desafíos de la vida y que estén en paz ellos mismos y con los demás.

Porque la felicidad no se hereda, se aprende. Y quizá el mejor regalo que podemos hacerles es enseñarles a caminar solos.

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